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miércoles, 11 de noviembre de 2009

Cualquier boludo tiene un micrófono

Breve será esta modesta declamación pero que Tinelli se ponga a hablar de violencia cuando es lo único que muestra en su programa, violencia de unos contra otros, de "divas" de dos pesos con cincuenta tratando de morder un rato más de pantalla, peleas ridículas levantadas por todos los pedorros programas de "espectáculos", violencia de género ridiculizando a la mujer y tratándolas como putas baratas en pos del "sueño de un niño pobre", es por lo menos, un tanto ridículo. Un Tinelli que es capaz de frotarse dos cebollas en los ojos para simular congoja frente a una niña ciega o de exponer a sus propios hijos a un muy lacrimógeno día de la madre en la pantalla mientras de reojo vigilaba el minuto a minuto del raiting. Un vulgar mercenario televisivo que tendría que besar el suelo argentino cada mañana que le permitió siendo un absoluto mediocre trepar a la cima de la televisión (donde hoy sólo acceden los fenómenos de circo y los travestis seniles).
No conforme con esto la momia egocéntrica de Mirtha Legrand sale a desgarrarse las lujosas vestiduras y a bañarse en champán y diamantes para olvidar el mal momento, con su discurso discriminador y fascista. Haría bien esa señora en no salir de su sarcófago para desenterrar su lengua anquilosada y déspota. Otra que tendría que cerrar la boca por el bien de su cintura y de nuestros oídos es la absolutamente estúpida Susana Giménez que habla de la Argentina mientras se llena los bolsillos y compra propiedades en Miami a costa de un público imbécil que la sigue aunque sea una débil mental que no ha hecho más que papeles de puta con Olmedo y Porcel, ese es todo su currículum para venir a dar lecciones de vida y de honestidad.
Y para rematar... el impresentable buitre televisivo de Jorge Rial, una marioneta falsa y acomodaticia, poco hombre, chusma de cuarta, traidor, ventajero, busca roña, patotero sin agallas, cagador, autoproclamado "periodista de espectáculos" cuando en verdad de periodista no tiene absolutamente nada, y que vive gracias al mismo público pelotudo que arranca la mañana con Crónica TV, sigue con Mirtha Legrand, merienda con la mugre de Intrusos, moja el pan en la bosta de Tinelli y remata con alguna dósis más de Crónica o con el viejo verde y pelotudo de Chiche Gelblung, y si es domingo termina el festín con la ballena descerebrada de Susana.
De eso se alimentan los zombies televisivos que ofician de espectadores en la Argentina y después salen a repetir como loritos imbéciles todo lo que opinaron esas "eminencias" como selecto grupo de pensadores nacionales. Ojalá algún día haya que estar calificado para que te abran el micrófono y las cámaras y que antes de vomitar una sarta de estupideces por lo menos tengan la decencia de reconocerse como parte del problema y no como mártires de un país que los amenaza permanentemente.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Fiebre Amarilla

Una epidemia singular se ha encargado de infectar progresivamente a los diferentes medios de comunicación audiovisual con singular éxito. Es una fiebre que provoca una inusitada sed de sangre y un particular agrado por las escenas de violencia y los informes morbosos sobre los personajes marginados de la sociedad.
Ahora que está en plena ebullición la discusión sobre la nueva Ley de Medios impulsada por el gobierno Nacional, sería interesante comenzar con la elaboración al mismo tiempo de una vacuna eficaz contra este amarillismo furioso que se disfraza de información periodística jugada y profunda. Resulta imperioso legislar también sobre los contenidos para evitar que se recurra a la violencia y a la burla despiadada como relleno regular de una enorme cantidad de programas que se escudan en su carácter "popular". Estos programas pretenden convencernos de que 30 puntos de raiting representan a TODA la gente, es decir que para ellos tres millones de personas son TODO EL PUEBLO ARGENTINO. Estos lamentables divertimentos recurren permanentemente a la exposición descarnada del idiota del pueblo, lo exhiben para regocijo de una ciudadanía que se ríe hasta el ahogo con sus miserias. Nos han ido acostumbrando a que las formas de promoción de los "nuevos artistas" son el escándalo, la violencia, la pelea absurda y la discusión hueca. Programas que se autoproclaman "periodísticos" o de "espectáculos" se ofrecen como vidriera de personajes lamentables que, a falta de todo talento, se arrastran al nivel más bajo revolcándose sin vergüenza en su propia mediocridad.
De esta manera vemos a un sobreactuado Jorge Rial dando lecciones de periodismo mientras busca en la basura, a Chiche y su triste espectáculo de variedades y vajezas, a Tinelli y su degradación sin límites en pos del espectáculo, a Grondona y su placer histérico por las botas y los uniformes, a Luis Majul y su inofensiva cornisa cada vez más cerca del suelo, a Hadad y su proclama permanente de ultra derecha, a Crónica TV y su caldo espeso de "sangre y justicia por mano propia" y a los muy redituables informes sobre las nuevas estrellas televisivas: drogadictos, delincuentes, borrachos, cartoneros y presos a los que ya no queda nada por preguntarles.
A fuerza de ser justos debemos aclarar que nada de esto es un invento argentino, la burla, la violencia, la exposición de la idiotez como una gracia son recursos cada vez más utilizados por las televisoras de todo el mundo, mayoritariamente por los mal llamados "reality show".
Nada menos real, nada más artificial y vulgarmente guionado que un reality. La intención de estos shows queda claramente expresada sin reparos en sus promociones donde, en la búsqueda de nuevos talentos de la canción por ejemplo, la propaganda expone a aquellos que han hecho un papel lamentable y hasta los mismos 'jurados' se ríen a carcajadas de ellos.
Nuestra aldea necesita más que nunca de los bufones, quizás para que nos arranquen por un momento de nuestra persistente infelicidad tratando de abofetear a aquellos que SON PEORES QUE NOSOTROS. Es nuestra anónima posibilidad de burlarnos de otro sin que nos vean.
Es, también, una mínima respuesta frente al hecho de que se han burlado de nosotros durante todo el día: en nuestro trabajo, en la calle, con los impuestos, con la impunidad del delincuente, con la soberbia y desfachatez de los gobernantes, con la usurpación de nuestros pobres bolsillos, con la ley para unos pocos, con la subestimación de nuestro criterio. Entonces, el benévolo televisor nos ofrece la modesta revancha, dulce como el almíbar de los dioses. Ahí está el idiota de turno, que puede ser una vedette con boca de letrina o bien un travesti anciano con debilidad mental – eso no importa – para que nos descostillemos en nuestro cómodo sillón o nos sequemos las lágrimas con el borde de la sábana. Sólo así nos es posible conciliar el sueño y dormirnos pensando que dentro de esa caja viven y mueren todos nuestros temores.
No considero eficiente el exorcismo.
Nuestros demonios despertarán junto a nosotros como cada día, volveremos a ganar la calle para apiñarnos en colas desesperantes, viajar como reses al matadero, mendigar el sueldo mezquino, soportar la queja injusta y la prepotencia, pagar mucho por aquello que vale poco, lidiar con la sentencia del espejo que no tiene la delicadeza de mentirnos, comer sin hablarnos y regresar a la trinchera donde esperaremos, ensayando la sonrisa, a que asome su cabeza el próximo bufón.